Se cumplen doscientos años del nacimiento de Charles Darwin y la prensa del día nos informa que las semejanzas genéticas humanas-simio no son tantas como se consideraban.

Darwin escribió su obra en  1842, sin embargo, no la publicaría hasta 1858 movido por el hecho sincrónico de conocer que Alfred Russel Wallace estaba a punto de presentar un estudio en el que llegaba a las mismas conclusiones que él. El tiempo ha querido que al primero se le considere  como padre absoluto de la teoría evolucionista y Russel pase sin pena ni gloria en los libros de historia.

Con sus defensores y detractores, la ideas Darvinistas supusieron, en la época, toda una revolución. Se abrió definitivamente la brecha entre ciencia y religión. Lo de ser creados en seis días dejó de ser una verdad indudable para pasar a ocupar el lugar de acto de fe en las mentes de quienes quisieron seguir siendo fieles a la concepción de un Dios creador.

Casi doscientos años después de que  viera la luz "El origen de las especies" seguimos sin conocer el mítico eslabón perdido que propicio que los monos evolucionasen. Su búsqueda sigue siendo empeño de científicos que apoyados con los descubrimientos arqueológicos desean saber qué, dónde y cuándo se produjo la prodigiosa mutación que dio origen a la especie humana.

Esta laguna o falta de explicación científica ha permitido que, en los últimos años, las corrientes parapsicológicas aportaran al tema nuevos razonamientos como el de la intervención extraterrestre. Basándose en textos sumerios, en curiosidades arqueológicas, frases bíblicas y declaraciones proféticas, se ha llegado a afirmar que somos producto de un experimento de otra galaxia, es decir, que ni nuestros abuelos son los simios ni a Adán lo creó Dios, sino que unos seres venidos de otros mundos llegaron aquí para poner en marcha un laboratorio y nos hicieron a su semejanza. No les debió gustar el resultado porque se largaron sin dejar rastro y, hasta nuestros días, no han regresado. Unos pocos "elegidos" afirman haber sido contactados y haber viajado por los cielos con ellos, pero la mayoría de los mortales - entre los que me incluyo- jamás han visto un Ovni. Así que si fuimos un experimento de venusianos o gentes próximas, ¡Olé sus narices por abandonarnos a nuestra suerte y dejarnos en una caverna pintando bisontes! Digo yo que podían habernos aportado un poquito de tecnología para que la fregona o la lavadora no fueran un invento del S.XX.

Así que, casi doscientos años después de que Darwin hablara, por primera vez, de adaptación biológica, sigo sin conocer mis raíces más prehistóricas. Pensar que mi ancestro más lejano fue Adán y como primo lejano está el asesino Caín pues no me es muy sugerente, la verdad. Imaginar que un platillo volante se colocó en la tierra y mezcló semen con ... - ¡Vaya usted a saber qué! -, y no les gustó el resultado; pues tampoco me llena de emoción, para ser sincera. Y considerar al mono como mi abuelo-hermano - sabiendo hoy que tampoco somos tan iguales-, me sigue quedando como consuelo, sobretodo cuando visito algún zoo y observo al perezoso descansando en una rama. Si le dieran una mando a distancia y una tele, me parecería casi igual que muchos humanos.

¿Cuál es el origen de la humanidad? Gran enigma aún sin descifrar.