Nunca me ha tocado un roscón en una rifa, el calvo de la lotería de Navidad pasa por mi vera y ni se digna a saludarme con la pedrea; jamás he ganado la chochona en una miserable tómbola de feria y, sin embargo, en Internet, día sí y día también, resulta que soy la visitadora web más afortunada.

Páginas de diarios nacionales, webs de consulta y de compras andan machacando mi pantalla con el maldito slogan de que soy la navegante 999.999 – que a juzgar por la repetición, también debo ser la única, porque siempre, siempre, siempre, aparece esa maldita cifra-. Entre dónde entre de la red, casi seguro que me seleccionan para algo. ¿Habrá cambiado mi suerte?

Estoy segura de que no, pero el rebote que llevo con tanta publicidad “afortunada” es ya de campeonato. Sobreviví a los casinos on-line, a los pop ups de viajes y de sexo, a los de juegos en red, pero ninguno tan pesado y plomo como éstos últimos que siempre me dan por ganadora.

¿Tan difícil es hacer un publicidad agradable y original?