Me asusta la ciudad cuando el bullicio se apodera de la noche y, en la madrugada, las calles aparecen cubiertas de desperdicios, como si una jauría hubiera saltado sobre ellas para inundarlas de inmundicias

Me espanta el consumismo de unas ferias cuyas atracciones no termino de aceptarlas como seguras, donde los niños acaparan globos, la música ensordece y la chochona no te toca a no ser que la pagues a más de cien euros.

Me aterra tener que buscar aparcamiento en mi ciudad, en estas fechas, circular por las vías y cargarte de paciencia porque el atasco empieza ser habitual compañero de camino.

Me exaspera fingir que me encantan, que soy feliz cuando, en realidad, las aborrezco.

Y como mi paciencia es poca y mis ánimos no están para comidas familiares ni para pasear, abriéndose paso entre las aglomeraciones, he decidido largarme a Granada.

Me apetece pisar la Alambra, tomarme unas tapitas en los bares, caminar por sus calles, observar a sus gentes, disfrutar de los míos y olvidarme del ordenador y de los textos. Creo que esta vez no me voy a llevar ningún libro. Quiero reírme con mi niño, desvelarme con los ronquidos de mi señor marido, reconocer el gusto del aire granadino y, sobretodo, disfrutar.

El sábado regreso. Guardadme todos los cotilleos, que ya sabéis, que sin ellos no vivo. Y esperadme, plis.