Las mujeres aprendemos de niñas que convivir en un mundo de hombres no es tarea fácil, entenderlo menos. La suerte es que iniciamos el aprendizaje desde nuestra más tierna infancia y pronto empezamos a comprender que los muros a derribar serán muchos.

En sus primeros años, el hombre ya nos enseña que el diccionario de las dudas será un tocho que deberemos consultar nosotras, porque, la mayoría, pronto manifiesta la habilidad de ser parco en palabras.

- ¿Me dejas jugar al fútbol?

- No, que eres una niña.

(Cara de pasmo femenina y ganas de contestar: “Eso hace tiempo que lo sé, pero yo lo que quería era jugar al fútbol, ¿?”)

También en el colegio asimilamos que los hombres pueden engañarnos con facilidad, y más si nos vestimos con falda:

- Anda, haz un voltereta que te sale muy bien.

La voltereta le importa tres pepinos, el halago ha sido utilizado al servicio de la seducción de fines y lo que realmente quiere es ver de qué color llevas las bragas. Claro, a esta conclusión llegas después de dar más de diez volteretas – porque intentas complacerle- y observar como el grupo de amigos crece y llega el inocente que en voz alta dice:

- Yo ya se las he visto.Son naranjas.

Pero, ¿puede ser? Pues sí, con el tiempo aceptas que todo puede ser, y por más que intentas encontrar un elegante atractivo en los gayumbos lo más que llegas a descubrir, en el transcurso de los días, es alguna raya indeseable y poco aseada, lo que provoca que nunca lleguen a atraerte demasiado, la verdad.

Y es que desde la niñez el hombre ya nos pone en aviso de que le va a costar entender las razones, por más lógicas y simples que sean:

- He encontrado tu pelota pinchada encima de la verja. Toma, esto es lo que queda de ella.

La buena voluntad es patente, los deseos honestos y, lo más probable, es que la niña comparta el dolor por la significativa pérdida del juguete, hasta que al mirar la cara del niño ve que ésta enrojece, coge el pingajo de pelota y con tono soberbio replica:

- Has sido tú, seguro que has sido tú.

Encima que una se molesta en recuperar el trasto que ha dejado por ahí, se lo lleva, por si tuviera valor sentimental y quisiera conservarlo, se adolece con él, resulta que la culpa es nuestra, siempre nuestra ¿?

Pero, posiblemente, la sorpresa no quede ahí y rebase los límites imaginables para cualquier mujercuando descubra que el hombre puede ser un bruto consumado.

- ¿Qué le ha pasado a mi muñeca? ¿Por qué tiene un brazo roto?

La niña primero preguntará, querrá saber y procurará no extrapolar conclusiones antes de tiempo.

- Lo mismo que a mi pelota. Tiene el brazo roto porque sí. Para que aprendas a no tocar mis cosas.

¿? Tras un momento de cavilación, intentando poner orden a las ideas, las lágrimas pueden aflorar. Al fin y al cabo, su muñeca se ha quedado manca.

- Eso, y ahora llora que eres una niña.

Y dale, el sexo se instala pronto en su mente. Ni un ápice de sentimiento, ni un ápice de remordimiento. Nada. El niño empieza a ser el futuro hombre duro que pocas veces lagrimea, sobrevive a las peores circunstancias y se empeña en marcar diferencias.

Así, dándonos cuenta que los hombres pueden llegar a trastornarnos, hemos llegado a la edad en que separamos nuestras cosas, también las protegemos y no nos pillan desprevenidas los actos de generosidad ni los juicios a posteriori. En esta etapa de empezar a compartir, un niño es capaz de haber asumido nuestra capacidad de adaptación y aprovechamiento, razón por la que, en uno de esos excesos derroche pueda obsequiarnos con el más disparatado objeto:

- ¿Quieres? – y nos brinda un chupa-chups.

- No que está chupado – cara de repelús.

- Toma, anda, que está bueno. Yo no lo chupo más porque ya me he cansado.

¡Pues si tú no lo quieres, tíralo a la basura, pero no me lo regales! – dice la niña para sus adentros.

- No, gracias. Ya te he dicho que está chupado – ha aprendido que todo se ha de repetir dos veces, como mínimo.

El niño no sabe qué hacer con el palo y el caramelo. Busca a su alrededor. Nadie más cerca. Finalmente exclama:

- Eres una fifi – levanta el culo del asiento y se va con aire ofendido.

¡Toma del frasco! ¿?

Y, sin saber cómo, menos entendiéndolos, nos plantamos en la adolescencia. Sí, la etapa de los granos, las hormonas y el desquite. Las mujeres empezamos a interesarnos por nuestro físico, nos sentimos impactadas por los filósofos existencialistas y alargamos nuestra lista de interrogantes, el hombre sigue el camino inverso. No se afeita porque se le irrita la piel, el Interviu le acompaña al baño porque el periodismo de investigación hay que leerlo con mucha concentración – aunque solo investigue el tamaño de los pechos femeninos de las páginas interiores- y su mundo se simplifica de golpe. Las diferencias se dividen en dos: chicas fáciles y chicas difíciles. Sí, es que son listos los condenados.

La evolución masculina es un hecho portentoso, los hombres pasan de brutos a tocones.

La mujer aprende que cuando un gentil varón se le acerca y le dice:

- Me gustas un tacarro. Te invito al cine

La traducción es:

- Estás muy buena, me pones. Quiero meterte mano

¡Qué dulce es conocerlos y, muchas veces, qué ingrato!

Porque, ¿qué mujer no ha dibujado un corazón cuando el chico del pupitre de al lado le ha confesado que se muere por sus huesitos? ¿Y qué mujer no lo ha roto en mil pedazos cuando se ha enterado que también se lo ha dicho a su mejor amiga?

Claro, nosotras somos las raras, las que tenemos que entender que el hombre es plural por naturaleza y que su capacidad matemática ha resuelto que lo mejor es siempre ir de dos en dos por si una falla. ¡Elemental querido Watson!

Y, en los sofocos de la primavera pueril, puede ocurrir la primera vez. Ahí empieza lo bueno.

Este post se lo debía a mi amigo Snooper. Con tremendo cariño y ganas de pincharlo. Aviso, puede continuar y entrar en terrenos pantanosos. Al viento lo dejo.